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Salvar al Mundo

Por Nicolás Sepúlveda

Nunca conocí a Basilio Gándara, pero lo imagino despertando una mañana nublada y húmeda, rezongando por el día que se le viene encima, maldiciendo un nuevo agujero en el talón de su calcetín derecho, dándose cuenta de que la vida, aquella suma de acontecimientos aleatorios, y en general poco proclives a la justicia, le resulta lánguida, larga, casi intolerable de no ser por algunos chispazos de maravilla: el cielo despejado y celeste, un rayo de sol entre las ramas de un árbol gris, una bandada de pájaros remontando el vuelo.

La muerte le sobrevino una noche igual de nublada y húmeda que esa supuesta e insípida mañana de rezongos y suspiros. Mientras paseaba por las orillas del río turbio y pedregoso que atravesaba la ciudad, creyó distinguir un chapoteo. La bruma no lo dejaba ver más allá de un par de metros, suficiente para notar el cauce corriendo con violencia invernal. Su corazón se detuvo, atenazado por el recuerdo del único acto heroico que hasta entonces había acometido y que atesoraba en sus madrugadas solitarias y en vela, como una tabla que lo mantenía a flote en la miasma de la duda, en la consciencia de su propia insignificancia. Volvió a verse a sí mismo con varios años menos, el pelo aún oscuro y abundante, lanzándose desde un puente al mismo río para rescatar a un niño que se ahogaba.

Es difícil imaginárselo decidido, actuando con una valentía insospechada incluso para él. No, lo más probable es que en ese momento sintiera un miedo sordo y total que debió haberlo paralizado. Pero como en un milagro secreto, como en un descuido del orden natural de las cosas, Basilio Gándara se liberó de sus zapatos y su chaqueta y se lanzó al río. Bregando con la corriente y con su propio peso que lo arrastraban hasta el fondo, alcanzó al niño y de forma inelegante pero efectiva lo llevó hasta la orilla. Se quedó de espaldas sobre la tierra húmeda, tratando de recuperar la respiración, y vio el cielo despejado y celeste, vio los destellos del sol colándose entre las ramas de un árbol gris, vio una bandada de pájaros remontando el vuelo, y oyó la voz del niño, un lloriqueo entrecortado anunciándole que había hecho lo correcto.

Fue el mismo impulso de años atrás el que selló su destino fatal. Esa última noche se lanzó al río helado y sucio y nadó a ciegas. Se detuvo un instante, flotó en silencio, intentando captar alguna señal que le indicara hacia dónde dirigirse, pero no vio nada, no oyó nada. Gritó un par de veces y esperó una respuesta que nunca llegó. Media hora después salió del río tiritando y con los brazos vacíos. Las ropas le pesaban por el agua y la desazón. Llegó a su casa y se dejó caer empapado sobre la cama. Antes del amanecer lo despertó una fiebre insoportable y una tos purulenta le hizo manchar la almohada de rojo. Ante la certeza del final, alcanzó papel y lápiz. Algunos minutos después se desvaneció.

Basilio Gándara murió de una neumonía fulminante. A su lado dejó un papel húmedo con solo seis palabras: Fui Basilio Gándara. Salvé al mundo. Tal vez haya algo de cierto en eso. Él nunca lo sabría, pero el niño que salvó creció y tuvo un hijo, el que a su vez tuvo una hija que dio a luz a dos mujeres y un varón antes de tenerme a mí.

Ahora es mi turno de salvarlo del olvido.

1 respuesta a «Salvar al Mundo»

Significativo el cuento. La trascendencia. No en vano vive el hombre aunque no sea más que un ser invisible, derrotado lejano y ausente. En esa realidad incierta hay un destello de luz y talvez eso baste. Me agradó el narrador que siempre duda y no afirma nada.Se hace cercano al lector como la vida. Buenos usos de correlatos objetivos. Es decir no llena el texto de adjetivos vacíos y baratos.

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