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Ruta Verde

Por Xiomara Piña

A medida que sus pulmones comenzaron a trabajar, tuvo conciencia de algo que la madre no sabría hasta los 3 años de su nacimiento, una noche en que lo observaba dormido con la boca abierta, inhalando aire como un desquiciado, los puños apretados y tiritando. Llamó al padre y ambos lo llevaron cargado a urgencias, con la convicción de que el niño no se les podía morir y punto, como si la decisión fuera absoluta y completamente de ellos, como si la garantía del niño ya hubiera expirado. Y la convicción fue una certeza, el niño no se iba a morir esa noche en la urgencia (aún si, años después, estuvo a punto varias veces) por un tiritón desconocido, solamente se trataba de la naturaleza, pasándoles la factura; el niño respiraba por la boca. Esto se  puede arreglar, les dijeron a los padres. Es cosa de una operación, le sacamos la mucosa, aprovechamos de sacarle las amígdalas, y listo, respira como un niño normal.

El aire siempre era igual de robusto. También él era robusto. En el colegio, lo apodaron ‘Morsa’ por eso, y así lo llamaron en el liceo, en los trabajos siguientes, y por fin el nombre cesó en su última profesión, que habría determinado silenciosamente, para toda la vida; Colectivero. Quería tener una ruta larga, sin tener que calcular cómo hacer pasar una máquina tan grande como la micro por una calle estrecha, y que el día que le otorgaran un color a su letrero, le cambiara la vida. De algún modo sí cambió.

Acá las casas compiten cuál es la más linda, comentó la señora a su lado. Manuel observó por la ventana las casas, como si no las viera en la vuelta de todos los días; se estaban cayendo, no entendía de qué cosa linda hablaba. 

La señora le relató un montón de recuerdos de juventud. Tendría unos ochenta años, calculaba, y se las había vivido todas; había pololeado 20 veces (virgen en todas, recalcó) viajado a Europa para convertirse en monja con las Ursulinas, había dejado el convento, apartado la religión, por Chile (no lo cambiaba por ningún otro país, recalcó) y por casarse con un Chileno,  que amaba hasta después de muerto, incluso si a Manuel le había sonado como el mayor webón de la historia, y todo lo contaba como si nada, como si todo lo peculiar en su vida, las cosas trascendentales, fueran algo natural, algo inherente de vivir, que a cualquiera le puede pasar. 

Usted es distinto, aunque no hable mucho. Hoy voy a rezar por usted. Le dijo, antes de bajarse del colectivo. A Manuel le costó partir, dejar de mirarla por la ventana, caminando con su bastón en plena vereda. 

Medio dormido, Manuel soñó tres cosas, nada más en una imagen: Él en su colectivo, observando las casas de la ruta, las mismas de siempre, que le parecían más lindas que nunca. Dios, gigante, sonriendo encima del techo, y a su lado, de copiloto, él mismo de chico, a los tres años, abriendo la boca y las fosas nasales, recordándole que estaba destinado (según los médicos) a resolver ‘su problema’, y al final, él solo, había aprendido a respirar por la boca y por la nariz. 

41 respuestas a «Ruta Verde»

Me encantó!, me dejó una sensación entre angustia y tranquilidad,y me encantó como cuentas la historia de la señora <3

Me gusta la reación que hay entre el ser colectivero de Manuel y el viaje mismo que significa la historia de los personajes, espacios/tiempos donde conocemos la vida de él y de la señora. Me suena fresca, casual, sacada de la cotidianidad que nadie ve con esos callejones donde se ocultan ancedotas extraordinarias.

Amé leer, amé poder encontrarme con aquella señora en estás líneas.
Cuando el patrimonio y la identidad se entrelazan con el arte, creo que todo tiene sentido…

Abrazos Xiomara, eres un corazón bello y una talentosa ♥️

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