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Contra la Oscuridad

Por Camilo Ortiz

El tiempo se fusionó con la oscuridad. Ante la debacle, el Chamán convenció a su gente de apiñarse como si estuvieran dentro de un molusco. Las personas de arriba les temían, creyendo que los afectaba una peste mortífera. Los de abajo no sabían si era de día o de noche. Sentados en círculo se tocaban para sentir que aún eran ellos mismos. Al abrirse la trampilla del techo, caían algunos alimentos y el destello los cegaba aún más que las tinieblas.

El anciano entonaba un cántico y ellos se sumergían en sus mentes, recordando la tierra, los ríos, los árboles y las estrellas. El temor que les provocaba la caída de un rayo, no se comparaba a las tinieblas y a lo inexplicable.

Uno se desmayó y lo apartaron suavemente, cubriéndolo con una manta. El viejo sabio le puso sus manos sobre la frente, recitando una letanía. Fue el primero absorbido por la oscuridad.

Nadie sabía cuánto tiempo había transcurrido. Le preguntaron al sabio cuál era el significado de la tribulación y no supo qué decir. Los asaltaban visiones que no lograban descifrar. Solo quedaba aferrarse a la mano de alguien.

Los rezos ocupaban toda su vigilia. Se soltaban para dormir o ir a defecar. Al regresar se olían la piel que aún conservaba un débil aroma a fruta y jungla verde. En algún momento, el anciano se debilitó. Su habla se volvió inconexa y sin embargo, no dio muestra de desesperación. Tarareaba la melodía de un antiguo canto. La letra —creían recordar— relataba cómo los dioses otorgaron la luz y los colores, culminando con la aparición del sol, el guardián de la obra completa.

El viejo, al sentir que moría, alargó los brazos hacia el más próximo. Le pasó su collar y pegó su frente a la suya. Su canto se apagó paulatinamente y falleció. El elegido volvió a esparcir la melodía, pero esta vez con palabras a través del aire viciado y los oídos atentos.

Con el tiempo, el sucesor también fue olvidando la sagrada letra y comenzó a rememorar la infancia. Recordaron el río donde se bañaban desnudos, chapoteando con alegría, mientras las garzas blancas volaban sobre sus cabezas y sus madres recogían frutas en la orilla.

Algunos continuaban unidos de las manos, otros apenas se sostenían en los cuerpos de los demás. Le temían al silencio, el sonido era el último recurso para evitar la oscuridad absoluta. Al final, el sucesor calló su canto, el sentido de las cosas se derrumbó y la Tierra se disgregó por el universo.


Cuando el barco arribó a Europa, sólo tres salieron de la bodega. El sol ya no era el mismo. Y la luz aplastó sus ojos que eran como dos agujeros negros. Los subieron a un carro para trasladarlos. Los habitantes los miraban con asombro.

Al día siguiente, los enfundaron en unos curiosos ropajes y luego avanzaron tomados de las manos. Entraron a un coliseo repleto de gente. Les hicieron un pasillo por el que caminaron hasta los pies de un trono y de monarca envuelto en telas de oro. Los obligaron a caer de rodillas. Un obispo de regia túnica, apoyado en un báculo rematado en una cruz, derramó agua sobre sus cabezas, recitando algo que no se parecía a las oraciones del Chamán. De pronto, uno levantó su mirada muerta hacia la cruz y el obispo se complació, pero el desdichado no vio a Dios. Sólo una garza blanca volando sobre ellos.

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