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Tejiendo

Por Felipe Fernandez Pilar

-«Hola tía ¿Qué está haciendo?»
-«Tejiendo, mijo».
Creo haber perdido la cuenta de cuantas veces he recibido la misma respuesta cuando, cada dos o tres días le he escrito a mi tía Norma desde aquella tarde miserable de Marzo en la cual supe que Chile, como cierta raza alienígena que vino por lana y salió trasquilada, cayó a los pies de la especie más pequeña y humilde de este planeta, y nos forzó a muchos a un descanso tan bienvenido como engañoso. Pero desvarío.
Mi tía simplemente ama tejer, bordar, hacer arpilleras y todo lo que pueda ser hecho con ovillos de lana, un gancho de crochet y palillos, lo ha hecho por décadas como hobby hasta que un día liberó su hobby al mundo junto con liberarse del abusador de su marido y empezó a vender chales, gorros, paisajes tejidos a telar y todo lo que durante años tuvo guardado en un baúl junto a hojitas secas de laurel y albahaca. Vendió bastante hasta que llegó la pandemia, obligando a mi tía a quedarse en casa, con mucha lana y tiempo libre para tejer y dejas volar sus «dedos que tejen sueños» como bien dijo una clienta enamorada de su trabajo.
Yo llevaba dos meses de encierro y las únicas visitas que recibía eran las pesadillas, indeseables que no contaban con la sabiduría de mi tía y su infusión especial de melissa y manzanilla mas una cascarita de naranja, la cual calmó mis noches y trucó pesadillas por sueños mucho mas llevaderos. Uno de esos sueños fue maravilloso. Caminaba por un túnel de árboles de rojo follaje que se movía placidamente al viento lo que parecía como estar dentro de un gran corazón palpitante, en cuyo final se divisaba una tenue luz azulada. El estruendoso pero agradable cantar de muchos pájaros me trajo de vuelta a mi realidad de 3×2, con un alegre vacío en el pecho. Volví a dormir, esperando que ese sueño maravilloso estuviese esperando por mí en esa esquina oscura que antecede al alba, y allí estaba, solo que esta vez el corazón de rojo palpitar dió paso a un enorme ojo azul de agua que miraba al cielo con la sabiduría de todo el mundo, rodeado de árboles enormes como las columnas de un templo etéreo que no quiere caer al abismo azul de la belleza. Una nube de aves tomaba mil formas bajo un sol que se asomaba por la arboleda cuando volví a despertar, a buena hora para levantarme con una alegría oculta para mí en esos meses.
Decidí hablarle a mi tía por mensajería para saber como estaba y agradecerle.

-«Hola tía, que está haciendo?»

-«Tejiendo, mijito»

-«Que rico tía. ¿Y qué se teje?»

-«Hace días desperté con ganas de tejer en telar unos paisajes en la cordillera de cuando fuimos cuando eras chico, ¿Quieres ver?»

Me envió dos fotos. La primera era de un cuadro tejido de un camino de árboles rojos y naranjos que llevaba a un horizonte de color celeste. La segunda era un cuadro que, aunque montado en su telar, mostraba claramente un lago celeste rodeado de araucarias con una bandada volando hacia un sol naranja que asomaba entre cerros verdes.

«Hablando de tejer sueños» – pensé para mí mientras una lágrima entibiaba algo mas un día que no podría haber empezado mejor.

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