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Los Universales

Por Rubén Darío González Sepúlveda

  Ellos son de esos que deben encontrar un sentimiento que los sobrepase, los que creen que se puede concebir amor en un sólo encuentro, que se puede llegar al nirvana sólo por un acierto.

    Son de esos que esperan hacer un guiño a la eternidad y reírse eternamente. Sin sacar cuenta y recuenta.

    Están buscando el amor verdadero.

    Son los que les gusta tocar fondo o hacia arriba o hacia abajo, afanosos de catarsis.

    Algunos les llaman idealistas, soñadores, solitarios.  Otros les llaman desprovistos, pero sin estarlos de fastuosidad. Y sus deseos son de lo más sencillos y sublimes.

    Creen que Dios está en los objetos y no tiene coordenadas. Son los que les satisface que Romeo y Julieta murieran. Son los que creen que en la cima del placer está el dolor y no quieren reencarnar en nada. Que la muerte debe ser absoluta y eterna, y por ende justiciera.

    Quieren ser pequeños en espacios grandes y no grandes en espacios pequeños.

    Lo mejor es que las pisadas en la arena desaparezcan, quieren verlo todo, pero sólo una vez. 

    Aman la fracción entre espacio y tiempo; yo les llamo “Los universales”

    Hacen caso a sus pulsiones y a veces se convierten en locos y pasan de la realidad a la poesía, esa que se define a sí misma en cada poema o en cada situación.

    Están llenos de ilusión, están enamorados antes de encontrarse con alguien, ardientes y sin protección.

    Perdidos.

    Huelen las cosas y revisan su textura, su reflejo; sus únicos padres son la tierra y el mar.

    Son los curiosos de la naturaleza humana, los amantes de lo íntimo, no creen que deban ir a algún lugar.                      Obstinados en pensar la existencia y no pretender sobreponerse a ella. 

    Se están alejando del superhombre. Afuera todavía los están esperando.

    ¿Qué hacemos con ellos? Son como la naturaleza misma, son como un perfume destapado.        

    Supongo que sólo meterlos al saco y observar la vida, la vida que gotea de sus miradas.

          Un buen día serán más imperfectos y nos contarán que la hija de su experiencia fueron las malas decisiones. Que el velo cayó antes de que terminara la función, pero que todavía están respirando y estuvieron con nosotros la otra noche.

    Son nuestros contemporáneos y a la vez están tan lejanos y cercanos a la vez. 

    Son de afectos largos, como el afecto que toman a la patria; se resisten entre ánimos de amor y odio. Son desclasados, anónimos, son los masones de la paz, niños transparentes, ingenuos.

    No juzgan a los demás, pero se guían por sus intuiciones. Lo que sea que esté haciendo el otro y las decisiones que tomen son de ellos y ellas.

    No andan a la defensiva por mucho que se les insista que afuera corren las hienas, rehuyen al conflicto y a veces les gusta vivir en un estado alterado de la conciencia sólo por diversión, para mirar con otra perspectiva, sin hacer daño.

    No son muy sanos, pero no se pueden convertir en adictos porque no les agradan los estados permanentes.

    Tiene que haber algo más siempre. No puede ser sólo disfrutar, sólo sufrir, sólo trabajar.

    La identidad de los Universales nunca es una sola, están encubiertos, no los atrae el poder, la riqueza. No se les mide por sus logros, son un estado de existencia, no tiene relación con su oficio.

    Ser un Universal no es una ventaja o una desventaja e incluso muchos sin darse cuenta se han convertido en uno a momentos.

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