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LA VIDA INMENSA

Por Susana Burotto Pinto

Entonces todas las abandonadas comenzaron a salir de los cuentos en que los escritores las habían escrito. Eran de todo tipo; las había niñas y viejas, pobres y enamoradas, solitarias y amantes de las fiestas.

Llamaba mucho la atención una  mujer mayor, que era muy sabia y  protagonista de la historia que había dibujado su autor. Le preguntaron las otras cómo había sido abandonada, siendo tan importante..

Ella empezó por aclarar que la autora era ella misma y que toda la trama tenía que ver con su propia vida.

-¿ Entonces por qué no seguiste escribiéndola?- preguntó  la más osada.

Estaban las diez concurrentes, algunas sentadas en las pocas sillas que había, otras simplemente acomodadas en el suelo, algunas de pie, inquietas y expectantes de las palabras de la mujer sabía. En realidad, le habían puesto ese mote solo porque tenía el aire de saber mucho de la vida, y, tal vez, de enseñarles cosas que tenían que saber.

– Porque decidí morir- contestó.

Un aire helado recorrió a todas.

– Tengo entendido que eso es una cobardía – dijo otra, un personaje que era bailarina nocturna y madre soltera de un niño que encargaba a su abuela en el campo.

-Llámenlo como quieran- suspiró la ex sabia, resignada. Solo me cansé del dolor y empezaré a escribir de otros.

-¿De quiénes?- preguntó una niña que se había perdido en un camino rural y cuyo autor había decidido que nunca la encontraran.

-De ustedes, por ejemplo. Si quieren, las hago vivir de nuevo  y mejoro sus historias.- y agregó: – pero solo a las que elijan vivir como personajes. La demás, se quedan donde están.

 Hubo un conciliábulo entre todas. La bailarina quiso cambiar, por su hijo; la niña perdida, porque la encontraran.  Dos estaban dudosas; De las otras cinco, cuatro querían la realidad que tenían ahora. La última, dijo que le gustaría hablar:

– ¿Se acuerdan de la pandemia, verdad? Yo era una novia que había encargado un vestido hermoso, muy escotado, de encaje. La fábrica estaba cerrada y con otras seis novias nos paramos en la calle, al lado afuera de la fábrica, con nuestras mascarillas (a mí se me olvidó ese día) y letreros, pidiendo que  atendieran nuestros pedidos, que alguna vez lo hicieran. Ese era el sueño nuestro y era real. Pasó por allí una mujer que escribía y se nos quedó mirando, tan fijo, que sentimos que nos convertíamos en sus personajes.

 Y esa narradora decidió el destino: luego de un tiempo, escribió que seis novias tendrían sus vestidos. Pero no la séptima, que no dijo quién era.

La mujer – que otra vez era sabia, a los ojos de las demás- preguntó algo que las estremeció de nuevo:

– ¿Qué prefieres? ¿La realidad o la ficción? Porque en la ficción puedes ser la primera  novia y cumplir tu sueño,  y en la realidad, la única sin mascarilla eras tú.

– Elijo la ficción- dijo la novia. Porque puede ser más compasiva que la realidad.

 Todas las demás quedaron en silencio, esperando la respuesta.

La mujer suspiró y solo dijo:

– Los  narradores tenemos leyes secretas, que no obedecen  a los simples deseos de los lectores.

– No importa- dijo la novia- y asintieron a sus palabras la bailarina y la niña perdida – esperaremos, porque somos nueve sueños contra tu palabra.

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