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Hermanos

Por Alberto Torres Espinoza

La mañana se desliza suavemente por los pastos del Campo Deportivo. El lugar está circundado por la fragancia de los eucaliptos. Osvaldo, de siete años, baja presuroso del vehículo con la pelota en la mano, cae, da vueltas en la tierra ¡Estoy bien!, grita, en tanto el balón le sacó varios metros de ventaja. Está de pie. Salta, patea una y mil veces el esférico.

En la cancha el partido está por comenzar ¡Osvaldo, ven aquí!, grita su mamá. El papá lo arrastra de una oreja, luego está sobre su hombro y termina el acto sentado en la galería ¡Por favor, quédate quieto! ¡Mira, ahí viene tu hermano! La agitación del muchacho se ventila nuevamente ¡Rodrigo, Rodrigo, aquí estoy! Sube aprisa los peldaños de la tribuna, el hermano lo saluda con un movimiento de manos.

El encuentro es muy importante para Rodrigo, el hermano mayor, hoy juegan el campeonato, y quizás, esta sea la primera copa para el club. El pitazo da el inicio, el griterío despierta a los perros del lugar. Levantan la cabeza. Observan, y se escabullen bajo los vehículos estacionados a la sombra.

Lentamente el partido va tornándose acalorado por la fricción y lo parejo de ambos equipos. Uno de los adolescentes jugadores choca con una paloma que pasaba rasante por el campo. Detienen el encuentro. El árbitro examina al lesionado. Fue solo un susto. El ave mira el espectáculo desde el horizontal del arco y eleva el vuelo sin mirar atrás. La pelota retorna al juego. Golpes, chillidos graciosos, padres exasperados. Osvaldo, en tanto, está arriba, en lo más alto de la tribuna, de pie, dándole fuerzas a su hermano. Grita a todo pulmón: ¡Ortígalo, Rodrigo, ortígalo! Una y otra vez. ¡Ortígalo, dale Rodrigo, ortígalo! Se escuchan risas dentro y fuera del Campo Deportivo. A estas se suman las de Osvaldo en los gritos: ¡Ortígalo, Rodrigo, ortígalo! El coro es generalizado. Hasta Rodrigo, que escucha la equivocación, se larga a reír. El primer tiempo finaliza con Osvaldo trepando un árbol. Su hermano, aproximándose a él, y como puede, le indica que la palabra es “hostígalo, se dice, hos-tí-ga-lo” y la ortiga es una planta. Después te explico la otra diferencia, le dice y vuelve a la cancha.

El partido se reanuda. Osvaldo vuelve a lo suyo, pero esta vez con la corrección de su hermano ¡Hostígalo, hostígalo, vamos Rodrigo hos-tí-ga-lo! Faltando diez minutos para el final, gol de los locales. El griterío es infernal, parece desintegrarse en la misma euforia. El encuentro se trabó, los minutos se hacen eternos. El pequeño no da más, va está el borde del campo, encolerizado ¡Vamos hermano, hos-tí-ga-lo, tú puedes! ¡Hostígalo! Sin embargo, la rabia y la desesperación hacen su gracia ¡Ortígalo, Rodrigo, ortígalo! ¡Ortígalo, ortígalo! Ahora la risa desborda el campo, el pequeño se da cuenta mientras suena el pitazo final. La alegría rebasa a los asistentes y a los nuevos campeones.

El aroma a eucalipto impregna el interior del vehículo. En el asiento trasero duerme Osvaldo, sueña que levanta la primera copa que gana el equipo de su pueblo.

Un vehículo se aproxima a ellos en el camino, se coloca a poca distancia, lo bordea, como queriendo sobrepasarlo…, pero no…, solo bajan ambos vidrios derechos…, y elevan un alegre cantico en el aire: ¡Ortígalo, Rodrigo, or-tí-ga-lo! El pequeño se despierta y comienza a cantar y a gritar al unísono.

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