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Contradicciones humanas

Por Juan Godoy

Afuera los policías gritan por megáfono, golpean la puerta, pronto la abrirán. Estoy frente al computador enviando la última cadena masiva de correos con el libro «Resistencia es Autonomía». Mi amiga fuma tranquila, sabe que quizás es su último cigarro, me mira con ternura, acepta las consecuencias de apoyar las causas humanistas, de apoyar a todos los que llaman “antisistema”. La tele está encendida, proyecta nuestra realidad, la tierra completa es marginal. Antes era naturaleza, hoy es un basural, artificial. La clase alta sale del planeta en sus naves y sólo viene a buscar los pocos recursos naturales que quedan.

Suena la puerta, pienso en nuestro delito: divulgar gratis, en tiempos de patentes, formulas caseras para la potabilización de agua de mar, métodos de supra huertos orgánicos, supra bosques endógenos, modelos educativos para la libertad del ser, métodos de comunicación cuántica, tablas de tratamiento por frecuencia para las enfermedades conocidas, uso de cáñamo para energía, vestimenta, tecnología, medicina y construcción, la propulsión por hidrógeno, entre tantos otros descubrimientos para mejorar este mundo saturado de hambre e injusticia.

Veo como la barra de envío está por completarse, pienso en la reunión que tuvimos en un sótano de Belleville con Lucio Urtubia, Julien Bouley y otros amigos. Con su mano tiritona, Lucio apenas sostenía su vaso de café y proponía: Perder el respeto por todo lo establecido, nunca dejar de hacer cosas y nunca perder la libertad. Lo demás era articular y jamás perder la sensibilidad. Ese día comenzó la compilación libre en un mundo con lógica de mercado egoísta, destructivo, indiferente con el mañana.

Vuelvo al presente, me acerco a mi amiga, Vanessa, su fuerza y vigor me recuerdan a  Bartolina, Louise Michel, Teresa Flores, entre tantas valientes. Le extiendo las llaves del auto para que hulla. Me ignora, admiro sus propuestas, su lucidez, -tengo tanto que aprender de ti- le digo, pienso en su veganismo, en su capacidad de solidarizar en las causas más nobles, todo para que otros puedan sentir el amor que ella siente en cada desinteresado acto. Se levanta, me abrasa, me mira los ojos, su caricia me calma el alma. Me siento preparado para lo que viene. Me toma la mano, siento calidez.

Recuerdo a mi madre y mi padre tomándome las manos, mientras cultivábamos en el patio de nuestra casa me decían que si queremos hacer algo de verdad, debíamos ser anarquistas, pero no violentos, ni fanáticos. Pronto empezó la persecución a los ideales, en la calle, en el trasporte, en la escuela, en los trabajos nos gritaban: ¡antisistema¡ Crecí creyendo que los únicos antisistema eran todos aquellos políticos y funcionarios corruptos y coludidos, que juran hacer valer un sistema que en sus leyes promete el bien común, pero en cada acto, ellos hacen todo lo contrario: mienten, manipulan, roban, malversan por interés propio. Ellos son los antisistema.

Abren la puerta, a mi compañera la tiran al piso, la aprisionan mientras termino de borrar la cuenta de correo, dos millones de personas reciben el texto -No se rindan-. Me tiran al piso, me golpean y amarran las manos. En su concepto de justicia, somos terroristas. Ella sonríe, entre todas estas contradicciones humanas, me hace entender que estamos aportando a la esperanza dormida.

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